Ese tirante flojo de su sujetador se desliza por su aterciopelado hombro. La beso en el cuello y desciendo lentamente por su pecho, manchándola de chocolate. Es absolutamente maravillosa, un milagro, una alevosía a la naturaleza. Se desnuda mirándome con esa cara seductora, se acerca y me besa ardientemente. Nos fundimos el uno con el otro en un sosegado remolino de pasión, perdiendo la cabeza. Me lame el labio inferior, sonríe y acaricia mi abdomen, dirigiéndose hacia mi entrepierna. Se yergue sobre sus rodillas y me quedo expectante, aguardando lo sucesivo. Tiene unos pechos realmente bonitos, se los sujeto. Son perfectos, blandos pero firmes, respingones y no muy grandes. Se sonroja y ase mi pene erecto por encima del calzoncillo. Hacemos el amor bajo la luz de las velas.
Afuera, una tempestad azota la casa, pero a quién le importa ahora eso, pasemos un sugestivo fin de semana.