19 de junio de 2011

Comida

- Esperaremos a que oscurezca -le dije-, recuerda vestirte con prendas oscuras.

El pequeño Timmy asintió con su pequeña cabeza polvorienta.

Al ocaso, me dirigí hacia el pozo que estaba cerca de la estatua del antiguo alcalde, el señor Mortimer Blame, un cretino; pues allí era donde me reuniría con mi leal compinche.

Vivimos en una ciudad pequeña, gobernada por una minoría que sólo busca el beneficio personal, donde los pobres son muy pobres y los ricos muy ricos. Se encuentra situada en una colina, con una torre en su parte más alta para vigilar de posibles intrusos, y con una calle principal empedrada que desciende la colina formando una espiral.

Distingo a mi socio a lo lejos, en la negrura de la noche, sentado en el pavimento. Suspira. Le aterrorizan estas cosas, pero no tiene otra opción. Yo se que si pudiera irse a vivir al campo, teniendo lo necesario para vivir, lo haría. Yo no, me gusta esta vida.

- Es la hora -le susurro mientras le toco el hombro-. Me mira con resignación y asiente. Sabe que busco lo mejor para los dos y obedece sin oponerse.

Caminamos sobre los adoquines hasta que vislumbramos nuestro objetivo, la casa del joyero. Aún estaban en casa, pero se disponían a salir.
Se celebraba una fiesta en la plaza del pueblo a la que acudía todo el mundo, se hacía una gran hoguera y se bailaba al son de los cantares populares.
Estábamos dispuestos bajo el alféizar de la ventana trasera, que daba a la cocina. Sólo queríamos hacernos con suministros para una o dos noches más, tal vez un bollo de pan y una ristra de chorizos, o un roscón y queso de vaca, cualquier cosa valía.
Guardaban las provisiones en un baúl de roble, que escondían bajo una mesita cubierta con una tela de ganchillo color crema.

Vimos salir al joven joyero y a su mujer, entonces nos dispusimos a entrar. Abrí la ventana y elevé a Timmy para que pudiese entrar. Es un chico hábil y de un salto se sitúa en el piso de de la cocina, cubierto de ceniza. Se queda mirando la puerta entreabierta que comunica la cocina con el resto de la casa y le chisto para que se de prisa. Se gira con desconcierto, observa la gran caja con la comida y se vuelve hacia la abertura. Corre inesperadamente hacia la puerta y me quedo solo bajo el rocío de la noche.
Pasados unos segundos, duraderos de más desde mi posición, vuelve corriendo hacia la ventana y de un impecable brinco se cuela por la ventana y aterriza encima de mí. Me percato de la causa de su asombro al ver que tenía en las manos un collar de diamantes, en el que debía estar trabajando el joyero, y que éste se dirigía hacia nosotros a toda velocidad. Me levanté del suelo, le agarré la mano a mi colega y corrí sin mirar atrás hasta que la ciudad se hizo un punto en la lejanía. Entonces, buscamos refugio entre los árboles húmedos y dije: “¿Por qué diantres has cogido el collar y no la comida? ¡Los diamantes no se comen!”

18 de junio de 2011

La laguna

Me despertó la luz del alba, de una albura casi dañina, agitado y sudado. Había tenido un sueño extraño, algo que me pasaba a menudo en esos últimos días. Después de la muerte de mi padre, pasaba casi todo mi tiempo en mi habitación. Me asomaba a la ventana a contemplar el cerúleo cielo, indiferente a las circunstancias, luego me quedaba tirado en el suelo abrazando la almohada sin ser consciente del tiempo que pasaba y, cuando el sol se ocultaba, solía bajar a pasear alrededor de una laguna cerca de casa.

Una laguna no. No es solo una laguna. Es el lugar donde sucedió todo, el lugar que me transformó.

La laguna se extiende sobre un gran prado de pastos verdes, atrayendo a animales silvestres y multitud de mariposas. La gran cantidad de mariposas y árboles antiguos llama la atención de los turistas; por aquí vienen muchos coleccionistas de mariposas. Mi padre era uno de ellos, tenía una gran colección de mariposas enmarcadas y clasificadas por sus nombres en latín.

En uno de mis sueños, me encontré paseando alrededor de la laguna, como solía hacer a las noches, cuando todos dormían. La luna estaba espléndida, brillante como nunca antes la había visto, tiñendo la escena de un blanco fantasmal. El agua reverberante de la gran bañera comenzó a agitarse, los árboles que la rodeaban comenzaron a retorcerse y amustiarse y las mariposas se multiplicaban rápidamente, formando una gran nube de polillas blanquecinas alrededor del embalse.


En el centro del lago se alzaba una montaña de piedras cubiertas de musgo, por las que resbalaba el agua, formando pequeñas cascadas, relucientes por a la luz. Los árboles seguían encogiendo y languideciendo, convirtiéndose en portentosos girasoles, por los que zigzagueaban las polillas.

Ante este cuadro barrocamente siniestro, yo me encontraba asombrosamente tranquilo, cuando diviso, en la cima de la asombrosa pirámide rocosa, el cuerpo sin vida de mi padre siendo engullido sosegadamente por las viscosas aguas cristalinas. Como si de un empujón se tratase, salté precipitadamente al agua en busca del fiambre. Intentaba nadar con todas mis fuerzas pero el agua era extremadamente densa y me impedía avanzar. Entonces atisbo que las polillas que volaban esquivando los girasoles estaban ahora en el agua, exánimes a mi alrededor, dificultándome el avance. Cuanta más fuerza hacía más me atrapaba en los restos aguados de las difuntas polillas; apenas daba aguantado la cabeza a flote para respirar, tiraban de mí. Desesperadamente intenté volver a la orilla, pero algo me tenía agarrado. El cadáver de mi padre ya no se hallaba en la escultura, ahora semihundida, y estaba arrastrándome a las profundidades con él.

Ya sólo conseguía mantener la boca y la nariz fuera del agua, luchando contra la fuerza del finado. Había agotado mis fuerzas. Justo antes de que me hundiera para siempre, cogí un último sorbo de aire y me desperté, mojado por las polillas.

17 de junio de 2011

Tarde

A pesar de todo el tiempo que ha pasado, aún puedo recordar con total claridad los detalles de aquel día. Recuerdo la hierba, fresca y suave, golpeándote en las rodillas. Recuerdo tu gran sonrisa iluminada por el sol de verano. Te recuerdo a ti, corriendo estrepitosamente a abrazarme, momentos antes de estrellarte contra el suelo. Recuerdo muchas cosas, pequeñas cosas en realidad, pero que consiguen captar la esencia del momento.

Cuando el sol ya estaba medio oculto por las montañas, las nubes se colorearon de gris, dejando atrás el color violáceo que solían tener esos días, y empezaron a caer gotas.

- ¡Vamos! - te dije.
- Espera y verás, solo es agua.

Te quedaste tumbada en la hierba, esperando a que fuese a buscarte. Estaba medio desconcertado por tu respuesta pero de todas formas ya estaba mojado así que no tenía nada que perder.

Esperamos a que el sol se ocultara del todo, tiñendo todo el cielo de rojo por unos instantes. La lluvia, que nos había empapado, había dejado la hierba cubierta de un manto de pequeños diamantes relucientes, que reflejaban el color rojizo del cielo.

Ha merecido la pena, pensé.

Tú te quedaste mirándome con tu alegre sonrisa y con el pelo completamente empapado y me dijiste: “Esto no es todo, mira allí.” Señalabas algo a lo lejos en lo que no había reparado. La lluvia no sólo había cubierto la hierba, sino que el cielo había retenido pequeñas gotas de agua formando un arco iris de colores cálidos.

En esta lluviosa tarde de domingo, miro por la ventana y no puedo evitar que este pensamiento me inunde la mente, dejándome pasmado por unos minutos.