30 de diciembre de 2011

Ojeras

Estando a un paso de la muerte, sedada y sin posible cura según los médicos, lo único que le preocupa es despedirse de los suyos antes de emprender el viaje. Con total serenidad se despide uno por uno, afrontando lo inevitable, y con una última reprimenda echa a su hijo de la habitación, pues no lo piensa recordar llorando.
Escoge las ropas con las que quiere ser sepultada sin tristeza aparente en su rostro. Solicita ver a su hermano, que vive en otra ciudad, y con aplomo y determinación ordena a los presentes que no la dejen dormir hasta que éste llegue, por miedo a morir sin despedirse.
Siendo más valiente de lo que se puede imaginar, intenta buscar residencia para sus visitantes aún en las condiciones en las que se haya.

Mi padre me cuenta la situación de mi tía abuela en el viaje de camino a casa, después de toda la semana fuera. Entro en casa. Mi madre tiene ojeras, no ha dormido en toda la noche, ha estado con su tía en el hospital. La abrazo y avanzo hacia el salón. Dejo la maleta y voy hacia la cocina. Oigo un gemido. Me paralizo, es mi abuelo al otro lado de la puerta. Mi madre me mira. Entro con prudencia y lo veo cenando. Había sido mi imaginación.

Las personas más valientes a veces no son alpinistas, ni encantadores de serpientes, ni toreros, son simplemente madres, tías, abuelas, personas que pasan desapercibidas, pero que cuando llega el momento demuestran que son héroes sin darle importancia.

11 de diciembre de 2011

Nubes

Siento como el aire congelado desciende hacia mis pulmones, congelándome la nariz. Siento mi cuerpo caliente y seco, aislado de la niebla, pero mis manos y mi cara arrebolada se están helando. Me gusta el frío; me despeja la mente.

Huelo a tierra. El sendero que nos dirige a la cima de la montaña está embarrado por la niebla. Parte el monte en dos partes iguales, como el resto de un pliegue del origami del mundo, que se le ha despistado a la madre naturaleza. Subimos a buen paso.

Cubiertos de ramas y hojas de eucaliptos, pinos y abedules, estamos completamente aislados de la civilización. La luz es tenue y blanca por la espesa bruma, pero la maleza hace el paseo aún más oscuro, dándole un toque lóbrego a la escena. Mantenemos un ritmo todavía más elevado por las zonas casi sin luz, al fin y al cabo somos humanos.

El suave viento helado mece las ramas, haciéndolas gritar de vez en cuando y golpearse unas con otras.

Los animales nos observan desde el anonimato, escuchando cada paso que damos, aguardando a que nos vayamos para terminar con su cautela.

De pronto, un efímero rayo de sol me ciega de entre las ramas y, una vez recuperada la visión, vislumbro el homenaje que nos brinda la naturaleza. Hemos llegado al final de la niebla y pequeñas gotas en las hojas de los árboles brillan como pequeños atavíos perfectamente colocados, por encima de una espumosa manta de niebla que cubre el suelo. Nos sobran fuerzas para seguir.