Siento como el aire congelado desciende hacia mis pulmones, congelándome la nariz. Siento mi cuerpo caliente y seco, aislado de la niebla, pero mis manos y mi cara arrebolada se están helando. Me gusta el frío; me despeja la mente.
Huelo a tierra. El sendero que nos dirige a la cima de la montaña está embarrado por la niebla. Parte el monte en dos partes iguales, como el resto de un pliegue del origami del mundo, que se le ha despistado a la madre naturaleza. Subimos a buen paso.
Cubiertos de ramas y hojas de eucaliptos, pinos y abedules, estamos completamente aislados de la civilización. La luz es tenue y blanca por la espesa bruma, pero la maleza hace el paseo aún más oscuro, dándole un toque lóbrego a la escena. Mantenemos un ritmo todavía más elevado por las zonas casi sin luz, al fin y al cabo somos humanos.
El suave viento helado mece las ramas, haciéndolas gritar de vez en cuando y golpearse unas con otras.
Los animales nos observan desde el anonimato, escuchando cada paso que damos, aguardando a que nos vayamos para terminar con su cautela.
De pronto, un efímero rayo de sol me ciega de entre las ramas y, una vez recuperada la visión, vislumbro el homenaje que nos brinda la naturaleza. Hemos llegado al final de la niebla y pequeñas gotas en las hojas de los árboles brillan como pequeños atavíos perfectamente colocados, por encima de una espumosa manta de niebla que cubre el suelo. Nos sobran fuerzas para seguir.
Que bonito. Me he imaginado el paisaje y me han entrado ganas de dibujarlo. :)
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