4 de noviembre de 2011

Frío

No hace calor.
Siento el frío húmedo de la noche en mis manos,
en mi cara.
Tan solo llevo puesta una camiseta
pero estoy un poco grogui por el viaje y el frío
aún no ha llegado a mis huesos.

Entro en el coche y percibo una ventanilla abierta.
Noto que el frío persiste en su intento de llegar a mi interior.
No digo nada.
El viento frío acaricia mi desnudo brazo
como un gélido y agradable aliento.

Podría cerrar la ventanilla pero estoy disfrutando.
Puedo sentir como la helada brisa avanza suavemente
por mi piel, hundiéndose en mis poros;
esquivando el corto bello incoloro de mi antebrazo.

Mientras analizo las sensaciones que me produce la corriente helada,
mi trayecto llega a su fin y, con este,
se desvanece la brisa con quien bailaba;
dando paso al húmedo rocío nocturno.

1 de noviembre de 2011

Realidad

Lo tenía todo y entonces fue como si un gran muro de agua se me echase encima, cargándome todo el peso de la realidad.

Sí, puedo ver en el fondo de sus ojos que no le apetece sonreír pero, ¿por qué lo hace?
Después de tanto tiempo aún siento esa conexión, como una llave oxidada que me permite observar en su interior. Por eso puedo sentir sus emociones, su dolor.
Curiosamente, lo más difícil de sentirse mal es no aparentarlo.

Pero no me voy a engañar diciéndome que es por él. Fue un capricho rechazado que tuve que olvidar, aunque, cómo cumbre de mi egoísmo, no intencionadamente.

Resulta más complicado no pensar cuando te lo propones...