Estando a un paso de la muerte, sedada y sin posible cura según los médicos, lo único que le preocupa es despedirse de los suyos antes de emprender el viaje. Con total serenidad se despide uno por uno, afrontando lo inevitable, y con una última reprimenda echa a su hijo de la habitación, pues no lo piensa recordar llorando.
Escoge las ropas con las que quiere ser sepultada sin tristeza aparente en su rostro. Solicita ver a su hermano, que vive en otra ciudad, y con aplomo y determinación ordena a los presentes que no la dejen dormir hasta que éste llegue, por miedo a morir sin despedirse.
Siendo más valiente de lo que se puede imaginar, intenta buscar residencia para sus visitantes aún en las condiciones en las que se haya.
Mi padre me cuenta la situación de mi tía abuela en el viaje de camino a casa, después de toda la semana fuera. Entro en casa. Mi madre tiene ojeras, no ha dormido en toda la noche, ha estado con su tía en el hospital. La abrazo y avanzo hacia el salón. Dejo la maleta y voy hacia la cocina. Oigo un gemido. Me paralizo, es mi abuelo al otro lado de la puerta. Mi madre me mira. Entro con prudencia y lo veo cenando. Había sido mi imaginación.
Las personas más valientes a veces no son alpinistas, ni encantadores de serpientes, ni toreros, son simplemente madres, tías, abuelas, personas que pasan desapercibidas, pero que cuando llega el momento demuestran que son héroes sin darle importancia.
30 de diciembre de 2011
11 de diciembre de 2011
Nubes
Siento como el aire congelado desciende hacia mis pulmones, congelándome la nariz. Siento mi cuerpo caliente y seco, aislado de la niebla, pero mis manos y mi cara arrebolada se están helando. Me gusta el frío; me despeja la mente.
Huelo a tierra. El sendero que nos dirige a la cima de la montaña está embarrado por la niebla. Parte el monte en dos partes iguales, como el resto de un pliegue del origami del mundo, que se le ha despistado a la madre naturaleza. Subimos a buen paso.
Cubiertos de ramas y hojas de eucaliptos, pinos y abedules, estamos completamente aislados de la civilización. La luz es tenue y blanca por la espesa bruma, pero la maleza hace el paseo aún más oscuro, dándole un toque lóbrego a la escena. Mantenemos un ritmo todavía más elevado por las zonas casi sin luz, al fin y al cabo somos humanos.
El suave viento helado mece las ramas, haciéndolas gritar de vez en cuando y golpearse unas con otras.
Los animales nos observan desde el anonimato, escuchando cada paso que damos, aguardando a que nos vayamos para terminar con su cautela.
De pronto, un efímero rayo de sol me ciega de entre las ramas y, una vez recuperada la visión, vislumbro el homenaje que nos brinda la naturaleza. Hemos llegado al final de la niebla y pequeñas gotas en las hojas de los árboles brillan como pequeños atavíos perfectamente colocados, por encima de una espumosa manta de niebla que cubre el suelo. Nos sobran fuerzas para seguir.
Huelo a tierra. El sendero que nos dirige a la cima de la montaña está embarrado por la niebla. Parte el monte en dos partes iguales, como el resto de un pliegue del origami del mundo, que se le ha despistado a la madre naturaleza. Subimos a buen paso.
Cubiertos de ramas y hojas de eucaliptos, pinos y abedules, estamos completamente aislados de la civilización. La luz es tenue y blanca por la espesa bruma, pero la maleza hace el paseo aún más oscuro, dándole un toque lóbrego a la escena. Mantenemos un ritmo todavía más elevado por las zonas casi sin luz, al fin y al cabo somos humanos.
El suave viento helado mece las ramas, haciéndolas gritar de vez en cuando y golpearse unas con otras.
Los animales nos observan desde el anonimato, escuchando cada paso que damos, aguardando a que nos vayamos para terminar con su cautela.
De pronto, un efímero rayo de sol me ciega de entre las ramas y, una vez recuperada la visión, vislumbro el homenaje que nos brinda la naturaleza. Hemos llegado al final de la niebla y pequeñas gotas en las hojas de los árboles brillan como pequeños atavíos perfectamente colocados, por encima de una espumosa manta de niebla que cubre el suelo. Nos sobran fuerzas para seguir.
4 de noviembre de 2011
Frío
No hace calor.
Siento el frío húmedo de la noche en mis manos,
en mi cara.
Tan solo llevo puesta una camiseta
pero estoy un poco grogui por el viaje y el frío
aún no ha llegado a mis huesos.
Entro en el coche y percibo una ventanilla abierta.
Noto que el frío persiste en su intento de llegar a mi interior.
No digo nada.
El viento frío acaricia mi desnudo brazo
como un gélido y agradable aliento.
Podría cerrar la ventanilla pero estoy disfrutando.
Puedo sentir como la helada brisa avanza suavemente
por mi piel, hundiéndose en mis poros;
esquivando el corto bello incoloro de mi antebrazo.
Mientras analizo las sensaciones que me produce la corriente helada,
mi trayecto llega a su fin y, con este,
se desvanece la brisa con quien bailaba;
dando paso al húmedo rocío nocturno.
Siento el frío húmedo de la noche en mis manos,
en mi cara.
Tan solo llevo puesta una camiseta
pero estoy un poco grogui por el viaje y el frío
aún no ha llegado a mis huesos.
Entro en el coche y percibo una ventanilla abierta.
Noto que el frío persiste en su intento de llegar a mi interior.
No digo nada.
El viento frío acaricia mi desnudo brazo
como un gélido y agradable aliento.
Podría cerrar la ventanilla pero estoy disfrutando.
Puedo sentir como la helada brisa avanza suavemente
por mi piel, hundiéndose en mis poros;
esquivando el corto bello incoloro de mi antebrazo.
Mientras analizo las sensaciones que me produce la corriente helada,
mi trayecto llega a su fin y, con este,
se desvanece la brisa con quien bailaba;
dando paso al húmedo rocío nocturno.
1 de noviembre de 2011
Realidad
Lo tenía todo y entonces fue como si un gran muro de agua se me echase encima, cargándome todo el peso de la realidad.
Sí, puedo ver en el fondo de sus ojos que no le apetece sonreír pero, ¿por qué lo hace?
Después de tanto tiempo aún siento esa conexión, como una llave oxidada que me permite observar en su interior. Por eso puedo sentir sus emociones, su dolor.
Curiosamente, lo más difícil de sentirse mal es no aparentarlo.
Pero no me voy a engañar diciéndome que es por él. Fue un capricho rechazado que tuve que olvidar, aunque, cómo cumbre de mi egoísmo, no intencionadamente.
Resulta más complicado no pensar cuando te lo propones...
Sí, puedo ver en el fondo de sus ojos que no le apetece sonreír pero, ¿por qué lo hace?
Después de tanto tiempo aún siento esa conexión, como una llave oxidada que me permite observar en su interior. Por eso puedo sentir sus emociones, su dolor.
Curiosamente, lo más difícil de sentirse mal es no aparentarlo.
Pero no me voy a engañar diciéndome que es por él. Fue un capricho rechazado que tuve que olvidar, aunque, cómo cumbre de mi egoísmo, no intencionadamente.
Resulta más complicado no pensar cuando te lo propones...
30 de octubre de 2011
Tempestad
Ese tirante flojo de su sujetador se desliza por su aterciopelado hombro. La beso en el cuello y desciendo lentamente por su pecho, manchándola de chocolate. Es absolutamente maravillosa, un milagro, una alevosía a la naturaleza. Se desnuda mirándome con esa cara seductora, se acerca y me besa ardientemente. Nos fundimos el uno con el otro en un sosegado remolino de pasión, perdiendo la cabeza. Me lame el labio inferior, sonríe y acaricia mi abdomen, dirigiéndose hacia mi entrepierna. Se yergue sobre sus rodillas y me quedo expectante, aguardando lo sucesivo. Tiene unos pechos realmente bonitos, se los sujeto. Son perfectos, blandos pero firmes, respingones y no muy grandes. Se sonroja y ase mi pene erecto por encima del calzoncillo. Hacemos el amor bajo la luz de las velas.
Afuera, una tempestad azota la casa, pero a quién le importa ahora eso, pasemos un sugestivo fin de semana.
Afuera, una tempestad azota la casa, pero a quién le importa ahora eso, pasemos un sugestivo fin de semana.
12 de julio de 2011
Sereno
En aquel lugar pasaba algo extraño. Los rostros de los niños estaban serios y caminaban en fila y en silencio por los pasillos empedrados. Le apreté la mano a mi madre más fuerte de lo que pretendía y ésta me dirigió una mirada de reproche.
Mi padre me había dicho que al entrar en aquel lugar sentiría una profunda serenidad, que, entre el silencio, el incienso y la piedra, lograría relajarme. Pero a mi me daba escalofríos. Era un lugar frío, oscuro y silencioso. Además, cuando los sacerdotes comenzaron a entonar su letanía no deseaba otra cosa que despertarme y abrazar mi mullida almohada.
Al salir del convento sentí como si hubiera vuelto al mundo real después de una oscura pesadilla. La luz del sol me golpeó en las mejillas y mi madre me ofreció una mandarina para merendar, que acepté con gusto dedicándole una sonrisa. En cuanto apartó la mirada corrí por el camino de tierra a abrazar a mi padre, que había dejado el clarinete en el suelo y se disponía a cogerme en brazos.
Era un buen músico. A veces tocaba en el bar de don Austerio y la gente le dejaba propinas. En los atardeceres de verano no muy calurosos, se sentaba a tocar bajo un guayacán muy antiguo que está al lado del molino y yo me quedaba paralizado escuchándolo. Era fascinante.
El sol se había ocultado y estábamos acabando de recoger para ir a cenar a casa cuando se nos acercaron dos hombres, aparentemente de la caballería. Intercambiaron unas palabras con mi padre y prosiguieron su camino. Mi padre estaba reflexivo, taciturno, apenado.
En esos tiempos un músico no ganaba mucho dinero y con mi manutención a cuestas no alcanzaba para abonar los impuestos.
Tuve que ingresar en el convento que tanto odiaba y estudiar para monje, que era una profesión respetada en demasía, en mi humilde opinión, para el trabajo que se realizaba. Es triste ver como el dinero encamina a las personas por senderos por los que jamás se hubieran atrevido a caminar.
Mi padre me había dicho que al entrar en aquel lugar sentiría una profunda serenidad, que, entre el silencio, el incienso y la piedra, lograría relajarme. Pero a mi me daba escalofríos. Era un lugar frío, oscuro y silencioso. Además, cuando los sacerdotes comenzaron a entonar su letanía no deseaba otra cosa que despertarme y abrazar mi mullida almohada.
Al salir del convento sentí como si hubiera vuelto al mundo real después de una oscura pesadilla. La luz del sol me golpeó en las mejillas y mi madre me ofreció una mandarina para merendar, que acepté con gusto dedicándole una sonrisa. En cuanto apartó la mirada corrí por el camino de tierra a abrazar a mi padre, que había dejado el clarinete en el suelo y se disponía a cogerme en brazos.
Era un buen músico. A veces tocaba en el bar de don Austerio y la gente le dejaba propinas. En los atardeceres de verano no muy calurosos, se sentaba a tocar bajo un guayacán muy antiguo que está al lado del molino y yo me quedaba paralizado escuchándolo. Era fascinante.
El sol se había ocultado y estábamos acabando de recoger para ir a cenar a casa cuando se nos acercaron dos hombres, aparentemente de la caballería. Intercambiaron unas palabras con mi padre y prosiguieron su camino. Mi padre estaba reflexivo, taciturno, apenado.
En esos tiempos un músico no ganaba mucho dinero y con mi manutención a cuestas no alcanzaba para abonar los impuestos.
Tuve que ingresar en el convento que tanto odiaba y estudiar para monje, que era una profesión respetada en demasía, en mi humilde opinión, para el trabajo que se realizaba. Es triste ver como el dinero encamina a las personas por senderos por los que jamás se hubieran atrevido a caminar.
10 de julio de 2011
Verano
Por fin llegaron las tan esperadas vacaciones. Lleno de sueños, tiempo libre y muchas cosas por hacer me adentré en el verano de mis 19 años.
Comenzó como un verano cualquiera: sol, muchas horas de sueño y tiempo libre. Mis colegas estaban desperdigados por varias ciudades, aún tirándose de los pelos para aprobar los exámenes que les quedaban, y yo, mientras tanto, sin nada que hacer.
En este punto habría que tener en cuenta que me habían quedado dos asignaturas para septiembre, mes en el que se decidiría si había aprobado segundo de carrera completamente. Pero, como cualquier estudiante con asignaturas pendientes para verano, me dije "el verano es muy largo" y continué rascándome lo rascable.
Los primeros días de vacaciones comencé con entusiasmo a realizar tareas que cuidadosamente había ido
apuntando durante el curso. Acabé de leer Tokio Blues de Haruki Murakami, comencé a nadar todos los días un kilómetro, me inscribí en un curso on-line, creé un blog, comencé a practicar a dibujar anime, recuperé la afición de tocar la guitarra, asistí a conciertos, etc.
La mayoría de las cosas que hice no las había apuntado y lo contrarió pasó con las apuntadas.
Y aquí estoy. Una noche de mediados de verano, aburrido. Ligeramente aburrido, pero de forma constante. No es un aburrimiento como para ponerse a estudiar, por extraño que parezca, sino que es de la clase de aburrimiento que incita a más aburrimiento. No hacer nada se convierte en una bola de grasa que incita a hacer menos y que se hace más grande descendiendo por la gran montaña grasosa.
He puesto el despertador varios días, pero una vez lo apago me vuelvo a quedar dormido. Y no es que lo
ponga extremadamente pronto, más bien lo pongo a una hora en la que muchos están saliendo del trabajo para tomar un café. Y tampoco es que esté cansado porque, cuando finalmente me levanto, estoy asqueado de tanto dormir, deseando no haberlo hecho.
Ni siquiera me percato de lo que pasa fuera de los límites del recinto de mi morada. Aislado de los problemas que hay en el mundo, mi mente descansa como si flotando en formol estuviese, completamente congestionada.
Me abofetearía a mi mismo si eso fuera a servir de algo. Me digo "Adelante", pero mis manos ya están en mi barriga, rascando perezosamente aquello que no conseguirán levantar.
Finalmente saco fuerza de voluntad, pongo el despertador y me digo: Mañana empiezo, de verdad.
Comenzó como un verano cualquiera: sol, muchas horas de sueño y tiempo libre. Mis colegas estaban desperdigados por varias ciudades, aún tirándose de los pelos para aprobar los exámenes que les quedaban, y yo, mientras tanto, sin nada que hacer.
En este punto habría que tener en cuenta que me habían quedado dos asignaturas para septiembre, mes en el que se decidiría si había aprobado segundo de carrera completamente. Pero, como cualquier estudiante con asignaturas pendientes para verano, me dije "el verano es muy largo" y continué rascándome lo rascable.
Los primeros días de vacaciones comencé con entusiasmo a realizar tareas que cuidadosamente había ido
apuntando durante el curso. Acabé de leer Tokio Blues de Haruki Murakami, comencé a nadar todos los días un kilómetro, me inscribí en un curso on-line, creé un blog, comencé a practicar a dibujar anime, recuperé la afición de tocar la guitarra, asistí a conciertos, etc.
La mayoría de las cosas que hice no las había apuntado y lo contrarió pasó con las apuntadas.
Y aquí estoy. Una noche de mediados de verano, aburrido. Ligeramente aburrido, pero de forma constante. No es un aburrimiento como para ponerse a estudiar, por extraño que parezca, sino que es de la clase de aburrimiento que incita a más aburrimiento. No hacer nada se convierte en una bola de grasa que incita a hacer menos y que se hace más grande descendiendo por la gran montaña grasosa.
He puesto el despertador varios días, pero una vez lo apago me vuelvo a quedar dormido. Y no es que lo
ponga extremadamente pronto, más bien lo pongo a una hora en la que muchos están saliendo del trabajo para tomar un café. Y tampoco es que esté cansado porque, cuando finalmente me levanto, estoy asqueado de tanto dormir, deseando no haberlo hecho.
Ni siquiera me percato de lo que pasa fuera de los límites del recinto de mi morada. Aislado de los problemas que hay en el mundo, mi mente descansa como si flotando en formol estuviese, completamente congestionada.
Me abofetearía a mi mismo si eso fuera a servir de algo. Me digo "Adelante", pero mis manos ya están en mi barriga, rascando perezosamente aquello que no conseguirán levantar.
Finalmente saco fuerza de voluntad, pongo el despertador y me digo: Mañana empiezo, de verdad.
19 de junio de 2011
Comida
- Esperaremos a que oscurezca -le dije-, recuerda vestirte con prendas oscuras.
El pequeño Timmy asintió con su pequeña cabeza polvorienta.
Al ocaso, me dirigí hacia el pozo que estaba cerca de la estatua del antiguo alcalde, el señor Mortimer Blame, un cretino; pues allí era donde me reuniría con mi leal compinche.
Vivimos en una ciudad pequeña, gobernada por una minoría que sólo busca el beneficio personal, donde los pobres son muy pobres y los ricos muy ricos. Se encuentra situada en una colina, con una torre en su parte más alta para vigilar de posibles intrusos, y con una calle principal empedrada que desciende la colina formando una espiral.
Distingo a mi socio a lo lejos, en la negrura de la noche, sentado en el pavimento. Suspira. Le aterrorizan estas cosas, pero no tiene otra opción. Yo se que si pudiera irse a vivir al campo, teniendo lo necesario para vivir, lo haría. Yo no, me gusta esta vida.
- Es la hora -le susurro mientras le toco el hombro-. Me mira con resignación y asiente. Sabe que busco lo mejor para los dos y obedece sin oponerse.
Caminamos sobre los adoquines hasta que vislumbramos nuestro objetivo, la casa del joyero. Aún estaban en casa, pero se disponían a salir.
Se celebraba una fiesta en la plaza del pueblo a la que acudía todo el mundo, se hacía una gran hoguera y se bailaba al son de los cantares populares.
Estábamos dispuestos bajo el alféizar de la ventana trasera, que daba a la cocina. Sólo queríamos hacernos con suministros para una o dos noches más, tal vez un bollo de pan y una ristra de chorizos, o un roscón y queso de vaca, cualquier cosa valía.
Guardaban las provisiones en un baúl de roble, que escondían bajo una mesita cubierta con una tela de ganchillo color crema.
Vimos salir al joven joyero y a su mujer, entonces nos dispusimos a entrar. Abrí la ventana y elevé a Timmy para que pudiese entrar. Es un chico hábil y de un salto se sitúa en el piso de de la cocina, cubierto de ceniza. Se queda mirando la puerta entreabierta que comunica la cocina con el resto de la casa y le chisto para que se de prisa. Se gira con desconcierto, observa la gran caja con la comida y se vuelve hacia la abertura. Corre inesperadamente hacia la puerta y me quedo solo bajo el rocío de la noche.
Pasados unos segundos, duraderos de más desde mi posición, vuelve corriendo hacia la ventana y de un impecable brinco se cuela por la ventana y aterriza encima de mí. Me percato de la causa de su asombro al ver que tenía en las manos un collar de diamantes, en el que debía estar trabajando el joyero, y que éste se dirigía hacia nosotros a toda velocidad. Me levanté del suelo, le agarré la mano a mi colega y corrí sin mirar atrás hasta que la ciudad se hizo un punto en la lejanía. Entonces, buscamos refugio entre los árboles húmedos y dije: “¿Por qué diantres has cogido el collar y no la comida? ¡Los diamantes no se comen!”
El pequeño Timmy asintió con su pequeña cabeza polvorienta.
Al ocaso, me dirigí hacia el pozo que estaba cerca de la estatua del antiguo alcalde, el señor Mortimer Blame, un cretino; pues allí era donde me reuniría con mi leal compinche.
Vivimos en una ciudad pequeña, gobernada por una minoría que sólo busca el beneficio personal, donde los pobres son muy pobres y los ricos muy ricos. Se encuentra situada en una colina, con una torre en su parte más alta para vigilar de posibles intrusos, y con una calle principal empedrada que desciende la colina formando una espiral.
Distingo a mi socio a lo lejos, en la negrura de la noche, sentado en el pavimento. Suspira. Le aterrorizan estas cosas, pero no tiene otra opción. Yo se que si pudiera irse a vivir al campo, teniendo lo necesario para vivir, lo haría. Yo no, me gusta esta vida.
- Es la hora -le susurro mientras le toco el hombro-. Me mira con resignación y asiente. Sabe que busco lo mejor para los dos y obedece sin oponerse.
Caminamos sobre los adoquines hasta que vislumbramos nuestro objetivo, la casa del joyero. Aún estaban en casa, pero se disponían a salir.
Se celebraba una fiesta en la plaza del pueblo a la que acudía todo el mundo, se hacía una gran hoguera y se bailaba al son de los cantares populares.
Estábamos dispuestos bajo el alféizar de la ventana trasera, que daba a la cocina. Sólo queríamos hacernos con suministros para una o dos noches más, tal vez un bollo de pan y una ristra de chorizos, o un roscón y queso de vaca, cualquier cosa valía.
Guardaban las provisiones en un baúl de roble, que escondían bajo una mesita cubierta con una tela de ganchillo color crema.
Vimos salir al joven joyero y a su mujer, entonces nos dispusimos a entrar. Abrí la ventana y elevé a Timmy para que pudiese entrar. Es un chico hábil y de un salto se sitúa en el piso de de la cocina, cubierto de ceniza. Se queda mirando la puerta entreabierta que comunica la cocina con el resto de la casa y le chisto para que se de prisa. Se gira con desconcierto, observa la gran caja con la comida y se vuelve hacia la abertura. Corre inesperadamente hacia la puerta y me quedo solo bajo el rocío de la noche.
Pasados unos segundos, duraderos de más desde mi posición, vuelve corriendo hacia la ventana y de un impecable brinco se cuela por la ventana y aterriza encima de mí. Me percato de la causa de su asombro al ver que tenía en las manos un collar de diamantes, en el que debía estar trabajando el joyero, y que éste se dirigía hacia nosotros a toda velocidad. Me levanté del suelo, le agarré la mano a mi colega y corrí sin mirar atrás hasta que la ciudad se hizo un punto en la lejanía. Entonces, buscamos refugio entre los árboles húmedos y dije: “¿Por qué diantres has cogido el collar y no la comida? ¡Los diamantes no se comen!”
18 de junio de 2011
La laguna
Me despertó la luz del alba, de una albura casi dañina, agitado y sudado. Había tenido un sueño extraño, algo que me pasaba a menudo en esos últimos días. Después de la muerte de mi padre, pasaba casi todo mi tiempo en mi habitación. Me asomaba a la ventana a contemplar el cerúleo cielo, indiferente a las circunstancias, luego me quedaba tirado en el suelo abrazando la almohada sin ser consciente del tiempo que pasaba y, cuando el sol se ocultaba, solía bajar a pasear alrededor de una laguna cerca de casa.
Una laguna no. No es solo una laguna. Es el lugar donde sucedió todo, el lugar que me transformó.
La laguna se extiende sobre un gran prado de pastos verdes, atrayendo a animales silvestres y multitud de mariposas. La gran cantidad de mariposas y árboles antiguos llama la atención de los turistas; por aquí vienen muchos coleccionistas de mariposas. Mi padre era uno de ellos, tenía una gran colección de mariposas enmarcadas y clasificadas por sus nombres en latín.
En uno de mis sueños, me encontré paseando alrededor de la laguna, como solía hacer a las noches, cuando todos dormían. La luna estaba espléndida, brillante como nunca antes la había visto, tiñendo la escena de un blanco fantasmal. El agua reverberante de la gran bañera comenzó a agitarse, los árboles que la rodeaban comenzaron a retorcerse y amustiarse y las mariposas se multiplicaban rápidamente, formando una gran nube de polillas blanquecinas alrededor del embalse.
En el centro del lago se alzaba una montaña de piedras cubiertas de musgo, por las que resbalaba el agua, formando pequeñas cascadas, relucientes por a la luz. Los árboles seguían encogiendo y languideciendo, convirtiéndose en portentosos girasoles, por los que zigzagueaban las polillas.
Ante este cuadro barrocamente siniestro, yo me encontraba asombrosamente tranquilo, cuando diviso, en la cima de la asombrosa pirámide rocosa, el cuerpo sin vida de mi padre siendo engullido sosegadamente por las viscosas aguas cristalinas. Como si de un empujón se tratase, salté precipitadamente al agua en busca del fiambre. Intentaba nadar con todas mis fuerzas pero el agua era extremadamente densa y me impedía avanzar. Entonces atisbo que las polillas que volaban esquivando los girasoles estaban ahora en el agua, exánimes a mi alrededor, dificultándome el avance. Cuanta más fuerza hacía más me atrapaba en los restos aguados de las difuntas polillas; apenas daba aguantado la cabeza a flote para respirar, tiraban de mí. Desesperadamente intenté volver a la orilla, pero algo me tenía agarrado. El cadáver de mi padre ya no se hallaba en la escultura, ahora semihundida, y estaba arrastrándome a las profundidades con él.
Ya sólo conseguía mantener la boca y la nariz fuera del agua, luchando contra la fuerza del finado. Había agotado mis fuerzas. Justo antes de que me hundiera para siempre, cogí un último sorbo de aire y me desperté, mojado por las polillas.
Una laguna no. No es solo una laguna. Es el lugar donde sucedió todo, el lugar que me transformó.
La laguna se extiende sobre un gran prado de pastos verdes, atrayendo a animales silvestres y multitud de mariposas. La gran cantidad de mariposas y árboles antiguos llama la atención de los turistas; por aquí vienen muchos coleccionistas de mariposas. Mi padre era uno de ellos, tenía una gran colección de mariposas enmarcadas y clasificadas por sus nombres en latín.
En uno de mis sueños, me encontré paseando alrededor de la laguna, como solía hacer a las noches, cuando todos dormían. La luna estaba espléndida, brillante como nunca antes la había visto, tiñendo la escena de un blanco fantasmal. El agua reverberante de la gran bañera comenzó a agitarse, los árboles que la rodeaban comenzaron a retorcerse y amustiarse y las mariposas se multiplicaban rápidamente, formando una gran nube de polillas blanquecinas alrededor del embalse.
En el centro del lago se alzaba una montaña de piedras cubiertas de musgo, por las que resbalaba el agua, formando pequeñas cascadas, relucientes por a la luz. Los árboles seguían encogiendo y languideciendo, convirtiéndose en portentosos girasoles, por los que zigzagueaban las polillas.
Ante este cuadro barrocamente siniestro, yo me encontraba asombrosamente tranquilo, cuando diviso, en la cima de la asombrosa pirámide rocosa, el cuerpo sin vida de mi padre siendo engullido sosegadamente por las viscosas aguas cristalinas. Como si de un empujón se tratase, salté precipitadamente al agua en busca del fiambre. Intentaba nadar con todas mis fuerzas pero el agua era extremadamente densa y me impedía avanzar. Entonces atisbo que las polillas que volaban esquivando los girasoles estaban ahora en el agua, exánimes a mi alrededor, dificultándome el avance. Cuanta más fuerza hacía más me atrapaba en los restos aguados de las difuntas polillas; apenas daba aguantado la cabeza a flote para respirar, tiraban de mí. Desesperadamente intenté volver a la orilla, pero algo me tenía agarrado. El cadáver de mi padre ya no se hallaba en la escultura, ahora semihundida, y estaba arrastrándome a las profundidades con él.
Ya sólo conseguía mantener la boca y la nariz fuera del agua, luchando contra la fuerza del finado. Había agotado mis fuerzas. Justo antes de que me hundiera para siempre, cogí un último sorbo de aire y me desperté, mojado por las polillas.
17 de junio de 2011
Tarde
A pesar de todo el tiempo que ha pasado, aún puedo recordar con total claridad los detalles de aquel día. Recuerdo la hierba, fresca y suave, golpeándote en las rodillas. Recuerdo tu gran sonrisa iluminada por el sol de verano. Te recuerdo a ti, corriendo estrepitosamente a abrazarme, momentos antes de estrellarte contra el suelo. Recuerdo muchas cosas, pequeñas cosas en realidad, pero que consiguen captar la esencia del momento.
Cuando el sol ya estaba medio oculto por las montañas, las nubes se colorearon de gris, dejando atrás el color violáceo que solían tener esos días, y empezaron a caer gotas.
- ¡Vamos! - te dije.
- Espera y verás, solo es agua.
Te quedaste tumbada en la hierba, esperando a que fuese a buscarte. Estaba medio desconcertado por tu respuesta pero de todas formas ya estaba mojado así que no tenía nada que perder.
Esperamos a que el sol se ocultara del todo, tiñendo todo el cielo de rojo por unos instantes. La lluvia, que nos había empapado, había dejado la hierba cubierta de un manto de pequeños diamantes relucientes, que reflejaban el color rojizo del cielo.
Ha merecido la pena, pensé.
Tú te quedaste mirándome con tu alegre sonrisa y con el pelo completamente empapado y me dijiste: “Esto no es todo, mira allí.” Señalabas algo a lo lejos en lo que no había reparado. La lluvia no sólo había cubierto la hierba, sino que el cielo había retenido pequeñas gotas de agua formando un arco iris de colores cálidos.
En esta lluviosa tarde de domingo, miro por la ventana y no puedo evitar que este pensamiento me inunde la mente, dejándome pasmado por unos minutos.
Cuando el sol ya estaba medio oculto por las montañas, las nubes se colorearon de gris, dejando atrás el color violáceo que solían tener esos días, y empezaron a caer gotas.
- ¡Vamos! - te dije.
- Espera y verás, solo es agua.
Te quedaste tumbada en la hierba, esperando a que fuese a buscarte. Estaba medio desconcertado por tu respuesta pero de todas formas ya estaba mojado así que no tenía nada que perder.
Esperamos a que el sol se ocultara del todo, tiñendo todo el cielo de rojo por unos instantes. La lluvia, que nos había empapado, había dejado la hierba cubierta de un manto de pequeños diamantes relucientes, que reflejaban el color rojizo del cielo.
Ha merecido la pena, pensé.
Tú te quedaste mirándome con tu alegre sonrisa y con el pelo completamente empapado y me dijiste: “Esto no es todo, mira allí.” Señalabas algo a lo lejos en lo que no había reparado. La lluvia no sólo había cubierto la hierba, sino que el cielo había retenido pequeñas gotas de agua formando un arco iris de colores cálidos.
En esta lluviosa tarde de domingo, miro por la ventana y no puedo evitar que este pensamiento me inunde la mente, dejándome pasmado por unos minutos.
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