En aquel lugar pasaba algo extraño. Los rostros de los niños estaban serios y caminaban en fila y en silencio por los pasillos empedrados. Le apreté la mano a mi madre más fuerte de lo que pretendía y ésta me dirigió una mirada de reproche.
Mi padre me había dicho que al entrar en aquel lugar sentiría una profunda serenidad, que, entre el silencio, el incienso y la piedra, lograría relajarme. Pero a mi me daba escalofríos. Era un lugar frío, oscuro y silencioso. Además, cuando los sacerdotes comenzaron a entonar su letanía no deseaba otra cosa que despertarme y abrazar mi mullida almohada.
Al salir del convento sentí como si hubiera vuelto al mundo real después de una oscura pesadilla. La luz del sol me golpeó en las mejillas y mi madre me ofreció una mandarina para merendar, que acepté con gusto dedicándole una sonrisa. En cuanto apartó la mirada corrí por el camino de tierra a abrazar a mi padre, que había dejado el clarinete en el suelo y se disponía a cogerme en brazos.
Era un buen músico. A veces tocaba en el bar de don Austerio y la gente le dejaba propinas. En los atardeceres de verano no muy calurosos, se sentaba a tocar bajo un guayacán muy antiguo que está al lado del molino y yo me quedaba paralizado escuchándolo. Era fascinante.
El sol se había ocultado y estábamos acabando de recoger para ir a cenar a casa cuando se nos acercaron dos hombres, aparentemente de la caballería. Intercambiaron unas palabras con mi padre y prosiguieron su camino. Mi padre estaba reflexivo, taciturno, apenado.
En esos tiempos un músico no ganaba mucho dinero y con mi manutención a cuestas no alcanzaba para abonar los impuestos.
Tuve que ingresar en el convento que tanto odiaba y estudiar para monje, que era una profesión respetada en demasía, en mi humilde opinión, para el trabajo que se realizaba. Es triste ver como el dinero encamina a las personas por senderos por los que jamás se hubieran atrevido a caminar.
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