5 de febrero de 2012

Las mozas

Les ha gustado mi artículo sobre mi máquina calculadora de capacidad infinita. Éste podría ser el comienzo de una nueva generación de computadoras. Computadoras inteligentes.
Imaginemos dos interlocutores, un ser humano y una máquina, que no pueden verse el uno al otro. Si, tras mantener una conversación, el ser humano es incapaz de darse cuenta de que está hablando con una máquina, esa máquina se acercaría bastante a algo con inteligencia.
Hay matemáticos que me lo discuten, pero aún no han conseguido derrotar a mi máquina.

Todas las mañanas voy en bicicleta hasta Bletchley Park. Hay gente que me mira extrañada. Vecinos. Se deben preguntar qué hago allí, mientras sus hijos se preparan para lo peor.

En ese gran edificio al que voy cada mañana trabaja mucha gente. Me hacen sentir pequeño.
Además tengo a mi cargo a un cada vez mayor número de calculadoras, o “las mozas” como las llaman aquí, y cada vez que entro al cuarto en el que trabajo, despeinado y con la ropa arrugada por la bicicleta, me miran y guardan silencio. Me pone muy nervioso. Es como si creyeran que soy superior a ellas, pero mi trabajo no podría realizarse sin su ayuda. La vergüenza calienta mi cara e intento esconder la cabeza en el pecho, sin mucho éxito, hasta llegar a mi mesa.

A todo esto, se ha estrenado Blancanieves y los siete enanitos, de Disney. Estoy deseando ir a verla.