En aquel lugar pasaba algo extraño. Los rostros de los niños estaban serios y caminaban en fila y en silencio por los pasillos empedrados. Le apreté la mano a mi madre más fuerte de lo que pretendía y ésta me dirigió una mirada de reproche.
Mi padre me había dicho que al entrar en aquel lugar sentiría una profunda serenidad, que, entre el silencio, el incienso y la piedra, lograría relajarme. Pero a mi me daba escalofríos. Era un lugar frío, oscuro y silencioso. Además, cuando los sacerdotes comenzaron a entonar su letanía no deseaba otra cosa que despertarme y abrazar mi mullida almohada.
Al salir del convento sentí como si hubiera vuelto al mundo real después de una oscura pesadilla. La luz del sol me golpeó en las mejillas y mi madre me ofreció una mandarina para merendar, que acepté con gusto dedicándole una sonrisa. En cuanto apartó la mirada corrí por el camino de tierra a abrazar a mi padre, que había dejado el clarinete en el suelo y se disponía a cogerme en brazos.
Era un buen músico. A veces tocaba en el bar de don Austerio y la gente le dejaba propinas. En los atardeceres de verano no muy calurosos, se sentaba a tocar bajo un guayacán muy antiguo que está al lado del molino y yo me quedaba paralizado escuchándolo. Era fascinante.
El sol se había ocultado y estábamos acabando de recoger para ir a cenar a casa cuando se nos acercaron dos hombres, aparentemente de la caballería. Intercambiaron unas palabras con mi padre y prosiguieron su camino. Mi padre estaba reflexivo, taciturno, apenado.
En esos tiempos un músico no ganaba mucho dinero y con mi manutención a cuestas no alcanzaba para abonar los impuestos.
Tuve que ingresar en el convento que tanto odiaba y estudiar para monje, que era una profesión respetada en demasía, en mi humilde opinión, para el trabajo que se realizaba. Es triste ver como el dinero encamina a las personas por senderos por los que jamás se hubieran atrevido a caminar.
12 de julio de 2011
10 de julio de 2011
Verano
Por fin llegaron las tan esperadas vacaciones. Lleno de sueños, tiempo libre y muchas cosas por hacer me adentré en el verano de mis 19 años.
Comenzó como un verano cualquiera: sol, muchas horas de sueño y tiempo libre. Mis colegas estaban desperdigados por varias ciudades, aún tirándose de los pelos para aprobar los exámenes que les quedaban, y yo, mientras tanto, sin nada que hacer.
En este punto habría que tener en cuenta que me habían quedado dos asignaturas para septiembre, mes en el que se decidiría si había aprobado segundo de carrera completamente. Pero, como cualquier estudiante con asignaturas pendientes para verano, me dije "el verano es muy largo" y continué rascándome lo rascable.
Los primeros días de vacaciones comencé con entusiasmo a realizar tareas que cuidadosamente había ido
apuntando durante el curso. Acabé de leer Tokio Blues de Haruki Murakami, comencé a nadar todos los días un kilómetro, me inscribí en un curso on-line, creé un blog, comencé a practicar a dibujar anime, recuperé la afición de tocar la guitarra, asistí a conciertos, etc.
La mayoría de las cosas que hice no las había apuntado y lo contrarió pasó con las apuntadas.
Y aquí estoy. Una noche de mediados de verano, aburrido. Ligeramente aburrido, pero de forma constante. No es un aburrimiento como para ponerse a estudiar, por extraño que parezca, sino que es de la clase de aburrimiento que incita a más aburrimiento. No hacer nada se convierte en una bola de grasa que incita a hacer menos y que se hace más grande descendiendo por la gran montaña grasosa.
He puesto el despertador varios días, pero una vez lo apago me vuelvo a quedar dormido. Y no es que lo
ponga extremadamente pronto, más bien lo pongo a una hora en la que muchos están saliendo del trabajo para tomar un café. Y tampoco es que esté cansado porque, cuando finalmente me levanto, estoy asqueado de tanto dormir, deseando no haberlo hecho.
Ni siquiera me percato de lo que pasa fuera de los límites del recinto de mi morada. Aislado de los problemas que hay en el mundo, mi mente descansa como si flotando en formol estuviese, completamente congestionada.
Me abofetearía a mi mismo si eso fuera a servir de algo. Me digo "Adelante", pero mis manos ya están en mi barriga, rascando perezosamente aquello que no conseguirán levantar.
Finalmente saco fuerza de voluntad, pongo el despertador y me digo: Mañana empiezo, de verdad.
Comenzó como un verano cualquiera: sol, muchas horas de sueño y tiempo libre. Mis colegas estaban desperdigados por varias ciudades, aún tirándose de los pelos para aprobar los exámenes que les quedaban, y yo, mientras tanto, sin nada que hacer.
En este punto habría que tener en cuenta que me habían quedado dos asignaturas para septiembre, mes en el que se decidiría si había aprobado segundo de carrera completamente. Pero, como cualquier estudiante con asignaturas pendientes para verano, me dije "el verano es muy largo" y continué rascándome lo rascable.
Los primeros días de vacaciones comencé con entusiasmo a realizar tareas que cuidadosamente había ido
apuntando durante el curso. Acabé de leer Tokio Blues de Haruki Murakami, comencé a nadar todos los días un kilómetro, me inscribí en un curso on-line, creé un blog, comencé a practicar a dibujar anime, recuperé la afición de tocar la guitarra, asistí a conciertos, etc.
La mayoría de las cosas que hice no las había apuntado y lo contrarió pasó con las apuntadas.
Y aquí estoy. Una noche de mediados de verano, aburrido. Ligeramente aburrido, pero de forma constante. No es un aburrimiento como para ponerse a estudiar, por extraño que parezca, sino que es de la clase de aburrimiento que incita a más aburrimiento. No hacer nada se convierte en una bola de grasa que incita a hacer menos y que se hace más grande descendiendo por la gran montaña grasosa.
He puesto el despertador varios días, pero una vez lo apago me vuelvo a quedar dormido. Y no es que lo
ponga extremadamente pronto, más bien lo pongo a una hora en la que muchos están saliendo del trabajo para tomar un café. Y tampoco es que esté cansado porque, cuando finalmente me levanto, estoy asqueado de tanto dormir, deseando no haberlo hecho.
Ni siquiera me percato de lo que pasa fuera de los límites del recinto de mi morada. Aislado de los problemas que hay en el mundo, mi mente descansa como si flotando en formol estuviese, completamente congestionada.
Me abofetearía a mi mismo si eso fuera a servir de algo. Me digo "Adelante", pero mis manos ya están en mi barriga, rascando perezosamente aquello que no conseguirán levantar.
Finalmente saco fuerza de voluntad, pongo el despertador y me digo: Mañana empiezo, de verdad.
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