Cuando el sol ya estaba medio oculto por las montañas, las nubes se colorearon de gris, dejando atrás el color violáceo que solían tener esos días, y empezaron a caer gotas.
- ¡Vamos! - te dije.
- Espera y verás, solo es agua.
Te quedaste tumbada en la hierba, esperando a que fuese a buscarte. Estaba medio desconcertado por tu respuesta pero de todas formas ya estaba mojado así que no tenía nada que perder.
Esperamos a que el sol se ocultara del todo, tiñendo todo el cielo de rojo por unos instantes. La lluvia, que nos había empapado, había dejado la hierba cubierta de un manto de pequeños diamantes relucientes, que reflejaban el color rojizo del cielo.
Ha merecido la pena, pensé.
Tú te quedaste mirándome con tu alegre sonrisa y con el pelo completamente empapado y me dijiste: “Esto no es todo, mira allí.” Señalabas algo a lo lejos en lo que no había reparado. La lluvia no sólo había cubierto la hierba, sino que el cielo había retenido pequeñas gotas de agua formando un arco iris de colores cálidos.
En esta lluviosa tarde de domingo, miro por la ventana y no puedo evitar que este pensamiento me inunde la mente, dejándome pasmado por unos minutos.
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